

Mi cotidiano insomnio se obstina en el misterio de recordarme al otro aquel que fui. El niño que rondó algún potrero que, seguro, ya no besa la luna. Aún no habías nacido y andabas en mi envidia, como en todos los niños. Diego, en la callada foto que conservo en mi cuarto donde desguarnecido te apoyaste en mi pecho, vi tu desolación de niño acorralado. Se adivina el madero en tu mirada tierna. Una constelación de multitudes te ha cercado por siempre. Ya no tendrás olvido, ya no tendrás descanso. Mientras haya un planeta en que respire un niño, un niño habrá que sueñe que es Diego, y que repite los goles imposibles de músicas y pájaros. Diego, no te puedo ayudar, hoy he llorado.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada